
Illapu y Los Kjarkas hicieron vibrar a los presentes con sus propuestas latinoamericanas. Se destacaron el Dúo Coplanacu y Horacio Banegas, El litoral también tuvo su espacio y una buena aceptación.
A la hora de la siesta Cosquín entero duerme, sólo algunos rezagados se animan al sol o buscan un rinconcito a la sombra para un tardío almuerzo entre empanadas y alguna gaseosa bien fría. Algunos otros se agolpan contra las rejas de la Plaza para escuchar las pruebas de sonido de los músicos consagrados.
Cuando comienza a oscurecer, centenares de personas transitan por la San Martín o alguna calle cercana, buscando un buen menú para la cena, a precios accesibles. Muchos eligen el comedor de Cáritas que, junto a la Parroquia, está frente a la Plaza del folklore. Allí se puede disfrutar de pizzas, lomitos o locros con gaseosa incluida y por 15 pesos por persona.
Mientras algunos, sentados en el salón de Cáritas, se disponen a cenar, el estrépito y las luces de los fuegos artificiales aparecen sobre el cielo coscoíno. La décima luna ha comenzado.
Latinoamérica se abría paso en el escenario mayor cuando los chilenos de Illapu desplegaron su repertorio. El público coreó “Juana Azurduy” y bailó al ritmo de “El negro José” César Isella que recordó -entre otros- a Armando Tejada Gómez, Salvador Allende, Antonio Berni y el Ché Guevara, dijo que volvía al “Santuario de Cosquín” por respeto al público, un público que entre poesías y canciones memorables le pidió un bis mientras terminaba de corear las estrofas de “Canción con todos” con los brazos en alto.
Mientras Maia Sasovsky, la locutora del festival, presentaba a las integrantes de Aymama, con un poncho diminuto como vestimenta, algún anónimo gritó desde la platea “Sacate el poncho” y dibujó una sonrisa en el público y en la conductora.
Santiago del Estero estuvo presente con Horacio Banegas y el Dúo Coplanacu, que sembraron chacareras mientras la plaza se llenaba de bailarines. Una osada pareja danzaba desde lo más alto de la tribuna y los brazos extendidos de los bailarines se mezclaban desde lejos con los cableados eléctricos, trazando peculiares figuras en el cielo cordobés.
“El triunvirato del litoral” y Ramón Ayala trajeron recuerdos del Paraná, con un sentido homenaje al cardiólogo René Favaloro y una noche que se fue puro chamamé.
Otros músicos transitaron por el “Atahualpa Yupanqui” hasta que los bolivianos de Los Kjarkas coparon la plaza al son de sus instrumentos de aire, sayas y carnavalitos. El grupo, que tiene más de cuatro décadas de vida, conmocionó a los presentes que coreaban “La pícara” o “Ave de cristal”. “Hace treinta años que vivo aquí, mis hijos son argentinos, pero yo soy boliviana” decía una mujer emocionada ubicada entre la platea. Mientras el grupo ofrecía sus clásicos, tres banderas bolivianas flameaban en diversos puntos de La Plaza, junto con banderas de los pueblos originarios y cada tanto se oía la proclama “Viva Bolivia”.
Así, la décima luna comenzó latinoamericana y finalizó de la misma manera, entre los herederos de Allende y los compatriotas de Evo Morales, Cosquín tuvo una luna que fue en sí misma un abrazo de fraternidad entre pueblos americanos.