
En una noche con repertorio clásico, se destacó el santiagueño Raly Barrionuevo y la brasilera Gal Costa. Además Ramón Ayala dejó una huella litoraleña en esa jornada heterogénea y atractiva.
Cosquín amaneció con un cielo nublado y más de uno se aventuró a llevar paraguas de mano antes de salir en busca de la música, tal vez por eso, finalmente no llovió.
En la previa del festival, algunos turistas se instalaron en los bares que circundan la Plaza. Así, entre picadas y sándwiches de lomo, muchos pudieron oír la prueba de sonido de Gal Costa.
El aire coscoíno se pobló entonces de indicaciones en portugués que salían de los enormes parlantes que enmarcan el escenario mayor.
Dos caballos sin ningún palenque cercano estaban como estacionados frente a una camioneta y dentro de La Plaza. Mientras eso llamaba la atención de algunos, dos niñas se animaban a jugar una carrera montadas, cada una, en un veloz monopatín.
Sobre “La obispo Bustos”, una calle pegada a la Plaza, distintos transeúntes hacían gala de peculiares remeras: una con la foto y el nombre de “Bombita” Rodríguez, otra con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” y el dibujo de las islas. También en plena capital del folklore alguno lució una remera con el rostro del rey del rock: Elvis.
Al fin la sexta noche abría sus puertas y lo hacía de la mano de Raly Barrionuevo que se metió al público en el bolsillo con un repertorio “que escuchaban nuestros abuelos”. La plaza entera cantó “La pulpera de Santa Lucía” y se conmovió cuando la talentosa pianista Elvira Zeballos interpretó un bolero de su autoría.
Las fronteras de la música se ampliaron con la brasileña Gal Costa que, durante una hora, pintó acuarelas cariocas con su voz. En un “portuñol” que ella misma reconoció, la cantante dialogó con el público y lo hizo vibrar. Un hombre, con decenas de banderitas argentinas en la mano, giraba emulando pasos típicos del Brasil. También, una muchacha con una remera estampada con la bandera del país vecino, mostraba su fanatismo coreando todas las canciones. Entre algunas de las filas de la platea grupos de jóvenes diseñaban improvisadas coreografías para bailar y Gal decía “Invité a una Garota” y homenajeaba a aquella de Ipanema.
La noche tuvo un punto fuerte en el espectáculo “Quebradeños”. La Próspero Molina se vistió de carnaval y entre las butacas se veía a numerosos grupos correr y bailar al compás del inolvidable carnavalito. Cerca de las cinco actuaba Ramón Ayala. En un predio ya menos concurrido, una niña dormía cómodamente, con frazada y almohada incluidas sobre las butacas del lugar, tal vez porque los acordeones son un inmenso arrullo para tener lindos sueños y, sobre todo, para seguir soñando con lo mejor de nuestro folklore y en un festival que aún tiene su segunda mitad por delante.