
El primer domingo del festival se encendió con los clásicos de Los Carabajal, las cuerdas de Luis Salinas y los jóvenes secundados por León Gieco. Una noche con emoción y muchos aplausos.
Es mediodía en Cosquín y muchos almuerzan en las decenas de negocios que circundan la Plaza. Un hombre arma una batería en el local de Santiago del Estero, mientras otro acomoda micrófonos, parlantes y cuerdas de guitarra. Un auto con altavoz anuncia alguna peña del lugar, mientras otro, como compitiendo declama los precios mayoristas de una carnicería. Es domingo y algunos salen de la misa de once en la Parroquia de la histórica campana coscoína.
El enorme ojo de plata que es la luna, se tiende a mirar, a oír desde lo alto lo mejor de nuestra música. El Festival de festivales inicia su quinta jornada con embrujos de violín y la magia de Néstor Garnica que hizo que la plaza entera cantara los conocidos versos de José Martí en “Guantanamera”.
Cantores latinoamericanos arroparon a la Próspero Molina con sus melodías: el brasilero Luiz Carlos Borges, Rafael Amor. También hubo homenajes a grandes como el “Cuchi” Leguizamón o Andrés Chazarreta, pero el punto de inicio real de la quinta luna lo marcó Luis Salinas. El guitarrista ovacionado por el público dibujó acordes y punteos entre las seis cuerdas y enamoró a una Plaza que lo aplaudía con insistencia y gratitud.
El predio tembló al ritmo de la chacarera junto con Los Carabajal que fueron una especie de huracán santiagueño: un grupo de la ciudad de La Banda, aplaudía al compás y coreaba todos los temas. Jóvenes y no tanto, muchos de los presentes se adueñaron de los pasillos para bailar al son de la chacarera. La Plaza entera festejó y cantó de principio a fin las estrofas de “Entre a mi pago son golpear”. Parecía que la Plaza entera temblaba. Cada vez que el violín sonaba, ciertos de pañuelos se agitaban, de distintos colores, pero celebrando la misma alegría.
Mientras Juan Saavedra y sus bailarines ofrecían complejas coreografías de malambo, en la primera fila de la platea, un niño imitaba los movimientos de los gauchos y cambiaba las botas de cuero por las zapatillas con abrojo.
Franco Luciani volvía a la plaza para hacer hablar a su armónica y proponer “un homenaje al bandoneón mayor, Aníbal Troilo” con “Garúa”.
Al fin, un enorme juglar: León Gieco con los integrantes de Mundo Alas, fueron el plato fuerte de la jornada. Ovación es poco decir. La conexión entre el músico y el público no es digna de ningún adjetivo porque algunos momentos no pueden describirse usando el idioma. Pintores sin manos, bailarines con síndrome de down o en silla de ruedas demostraron que lo que importa es ver el vaso medio lleno, ver la capacidad por sobre los límites.
Los presentes comprendieron eso abrazaron a León y los suyos mientras entonaban clásicos como “La colina de la vida”, “La memoria” o “Sólo le pido a Dios”. La plaza toda se conmovió ante este “Mundo alas” que dejó en claro que la libertad depende de uno mismo. Gieco resaltó que sus compañeros de escena lo hacen cada día mejor persona y destacó que entre la programación del canal Encuentro se emite un ciclo que se adentra en ese Mundo, ese mundo que emocionó a la plaza y hasta –probablemente- a la mismísima luna que ilumina la fiesta de Cosquín y que en su quinta noche fue una luna de integración y música.