
La jornada fue inaugurada por Teresa Parodi que se ganó una ovación. También brillaron Los Alonsitos y Los Nocheros. La sorpresa de la noche la dio en trío compuesto por Mariana Cayón, Franco Luciani y Joel Tortul.
El cuarto día del Festival hacía gala de su materia prima por excelencia: la música. Desde el mediodía podía oírse cómo las diferentes melodías se mezclaban con el sonido del tráfico coscoíno: motos que van y vienen se confunden con los ecos de violines que se afinan o de flautas traversas que riegan sus notas por el aire. Es que no sólo en la Plaza Mayor hay música.
Alrededor del predio, pequeños locales que identifican a las diferentes provincias funcionan como oficinas turísticas. Cada región, por supuesto, alberga a sus hijos y es así como las inmediaciones de la Plaza se convierten en una especie de Calle Florida, donde los artistas muestran sus canciones al aire libre. Algunos consiguen ubicación preferencial sentados en las escalinatas de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario, que ofician de improvisadas gradas. Todas las músicas confluyen: zambas, cuecas, gatos, chacareras o tonadas adornan el paisaje sonoro y dibujan, seguramente en los artistas la ilusión, de algún día mostrar su música del otro lado de la calle.
Al fin la noche se anuncia y el festival se inicia. Esta vez, una mujer, Teresa Parodi, es la encargada de pronunciar “Aquí Cosquín” y de celebrar en seguida la consagración que hace décadas le diera la Próspero Molina. La cantora, ovacionada, recreó paisajes del litoral y homenajeó, entre otros, a Yupanqui y María Elena Walsh. Corroborando que el público de Cosquín abraza a sus elegidos, fue uno de los puntos fuertes de la música.
El violinista Leandro Lovato, consagrado en 2007, hechizó a los presentes con su violín y recordó a la talentosa Tamara Castro. Su interpretación de “Santiago Querido” puso a la Plaza a los pies de este santafecino.
Luego de la interesante propuesta de la delegación de Cádiz, que desplegó banderas españolas sobre la platea y enamoró al ritmo de baile y el cante flamenco, una propuesta instrumental transformaría la noche: Joel Tortul sentado al piano en el que, alguna vez, tocara Ariel Ramírez, los consagrados Mariana Cayón y Franco Luciani: Pincuyo y armónica para reinventar “Libertango” o “La zamba de Lozano”. El trío cosechaba numerosos aplausos mientras Cayón decía “si quieren llamarnos para algún otro festival, nomás avisen”.
Los Alonsitos dejaron pintorescas postales en la Plaza con decenas de personas bailando el chamamé y coreando casi todas sus canciones.
Otros artitas dejaron huella, pero la noche se cerró –valga la redundancia-con Los Nocheros que repasaron sus éxitos e hicieron gala de sus voces. Un grupo de fanáticas se destacaba entre la multitud: una veinteañera llevaba puesta, como una espacie de emblema de la patria, una bandera argentina con el nombre del grupo. Es que la música también es una patria y Cosquín es la capital de esa patria llamada folklore y que en su cuarta jornada se mostró más enorme que nunca.